Entre la nostalgia y la euforia juvenil. El penúltimo concierto de OT 2025 en Zaragoza

Hay algo en Operación Triunfo que, por mucho que pasen los años, sigue funcionando igual. Y quienes vivimos aquel primer OT sabemos de qué hablamos. Una vuelve a entrar en un pabellón lleno de adolescentes con sus pancartas, sus gritos y sus canciones aprendidas al dedillo y, de repente, aparece esa mezcla de nostalgia y ternura que resulta difícil explicar.

El pasado 12 de septiembre le tocó al Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza convertirse en una auténtica fiesta de OT. Pancartas por todas partes, voces al límite y un público muy joven dispuesto a cantar absolutamente todo. Y cuando digo todo, es todo. Y que algunos gritaban más que cantar, pues también.

Al tratarse de la penúltima fecha de la gira, antes del punto final en Mairena del Aljarafe (Sevilla), pueblo natal de la vencedora, la atmósfera estuvo marcada por una emoción muy especial. Sobre el escenario se sentía esa complicidad agridulce de quienes saben que están a punto de cerrar una etapa inolvidable que los ha unido como a una familia, listos para poner la vista hacia el futuro de sus respectivas carreras.


Dos horas y media de concierto dieron para mucho. Los 16 artistas de esta edición salieron al escenario acompañados por una banda en directo que estuvo a la altura. Y si algo ha demostrado esta gira es que esta quinta generación tiene mucho más que canciones pegadizas y un buen puñado de seguidores detrás.

El concierto, además, está bastante bien hilado y no se limita a ir encadenando canciones. Los 39 temas del repertorio están repartidos en siete bloques que cuentan, en cierta manera, la historia de esta edición: El Sueño, con esos primeros pasos y actuaciones; El Esfuerzo, dedicado a algunos de los retos vocales más complicados; Sin hate, presentado también como La Reflexión, que apuesta por el formato más acústico e íntimo; El Trabajo en Equipo, donde destacan los duetos; Iconic, que recupera algunos de los grandes momentos que ya forman parte del imaginario de esta edición; El Triunfo, reservado a Cristina Lora; y, para terminar, La Despedida, con la que los 16 ponen el broche a una gira que, ahora sí, empieza a rozar el final. Una estructura que permite que el concierto tenga diferentes ritmos y que haya un poco de todo: temas para bailar, momentos más tranquilos, duetos, actuaciones individuales y, por supuesto, esos himnos grupales que el público se sabe de principio a fin.

Y hablando de la ganadora de esta edición, Cristina Lora, el verla en directo ayuda a entender por qué acabó llevándose el primer puesto. Tiene presencia, tiene fuerza y, sobre todo, tiene ese punto de artista que parece crecerse todavía más cuando pisa un escenario. 

Uno de los momentos de la noche llegó con Punto de partida, de Rocío Jurado. Y honestamente, escuchar a miles de jóvenes cantando a pleno pulmón una canción como esta fue una auténtica pasada. Que una artista de una generación como la de la Jurado vuelva a escucharse así de fuerte entre un público tan joven también es una buena forma de mantener viva su música. Y Cristina se la jugó eligiéndola en el concurso y acertó.

Además antes de que llegaran las canciones grupales y el tramo final de la noche, se marcó un remix con algunos de sus temas más icónicos del concurso. Coreografías, ritmo, dominio escénico y mucha energía que pusieron el pabellón bien arriba. 

Por otro lado, Olivia Bay, segunda finalista, demostró también por qué estuvo tan cerca de conseguir la victoria. Tiene elegancia, frescura y un carisma que le sale bastante natural. En su repertorio dejó palpable su bonita voz y actitud sobre el escenario. Ambas encabezaron la noche con la soltura de quienes parecen llevar años llenando grandes recintos.


También hubo otros momentos que merecen quedarse en la memoria. Claudia Arenas volvió a demostrar que tiene un timbre muy reconocible, de esas voces que sabes quién está cantando casi desde la primera frase.

Mención para Agua, interpretada por Téyou y Tinho. Antes de la canción, Téyou dejó un mensaje sobre la importancia de quererse a uno mismo y la importancia de crear espacios, como ese concierto, donde sentirse libre y totalmente a salvo. Un mensaje sencillo, pero importante, especialmente delante de un público tan joven. Después llegó la canción y ambos hicieron el resto.

Pero más allá de los nombres propios que acapararon los focos de la final, si algo demostró esta velada es el buen nivel general de esta nueva hornada de OT. Esta es la quinta edición desde que el programa regresó en 2017 y, aunque inevitablemente las comparaciones con otras generaciones están ahí, estos 16 han conseguido hacer suyo el formato e ir encontrando cada uno su personalidad sobre el escenario. 

Cris Lora, Olivia Bay, Tinho, Claudia Arenas, Téyou, Guillo Rist, Lucía Casani, Crespo, Judit, Max, Guille Toledano, Carlos, Salma de Diego, Laura Muñoz, María Cruz e Iván Rojo también forman parte de todo esto y han dejado su personalidad encima del escenario durante toda la gira. Cada uno con su estilo, sus canciones y su manera de enfrentarse al público. Y eso, al final, es lo que hace que un grupo tan numeroso y diverso funcione.

Ahora llega la parte difícil. Se acaban los conciertos de OT 2025 y empieza la carrera en solitario de cada uno. Y demostrar quiénes son cuando ya no tienen detrás una academia, un programa o una gira que les ha llevado de ciudad en ciudad.

La industria musical es compleja, pero ojalá encuentren su sitio. Ganas no les faltan, ni tampoco talento. Y después de haberlos visto sobre el escenario, no tengo duda de que algunos de ellos aprovecharán la oportunidad de seguir haciendo música y, sobre todo, de encontrar su propio camino, y con fortuna, de lograrlo.

Y sí, lo que viví en el pabellón tiene algo de viaje al pasado. Una mira alrededor, escucha a miles de personas cantando juntas y piensa que, en realidad, no hemos cambiado tanto. Han cambiado los artistas, las canciones y la manera de consumir música, pero esa sensación de estar en un concierto y formar parte de algo con otras miles de personas sigue siendo exactamente la misma.

Y quizá esa sea, al final, la magia de OT. Que pasan los años, cambian las generaciones y siempre hay una nueva tanda de chavales dispuestos a gritar, cantar y emocionarse como si no hubiera un mañana.

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