La tarde del pasado viernes arrancaba con la actuación de Elem, que inauguraba el escenario con una descarga de pop electrónico, baile y energía, conectando desde el primer momento con el público.
Después llegaría Samuraï, que elevó la intensidad con un repertorio en el que confluyen pop y rock contemporáneo, confirmando el buen momento que atraviesa y el buen rollo y energía que desprende sobre el escenario.
Dos actuaciones que fueron preparando el terreno para la esperada aparición de Judeline, gran protagonista de la noche.
Justo a medianoche, el auditorio de Lanuza, ya sumergido en esa atmósfera que siempre nos regala Pirineos Sur, recibía a Judeline, que hacía su entrada elevada por su cuerpo de baile, como si viajara sobre un carruaje humano, mientras sonaban los primeros versos de angelA. Ya se empezaba a intuir que aquello no iba a ser simplemente un concierto, sino la representación de un universo propio.
La artista gaditana aprovechó su paso por Lanuza para presentar Bodhiria, un álbum conceptual que narra el viaje de Ángela, una joven que sigue el reflejo de la luna sobre el mar hasta adentrarse en un mundo donde conviven el amor, la sensualidad, la hechicería y el misticismo. Una historia que no solo se escucha, sino que también cobra vida gracias a una escenografía tan cuidada como ambiciosa.

Cada canción encontraba su propio lenguaje visual. La enorme luna que presidía 4 angelitos, la flecha y el láser atravesando el corazón durante Luna Roja o una iluminación de tintes casi lorquianos ayudaban a reforzar el cierto dramatismo de cada escena. Todo muy pensado para que música, danza e imagen fueran en una misma dirección.
Si algo demostró Judeline durante los setenta y cinco minutos que duró el show, es que atraviesa un gran momento creativo. Hubo espacio para la delicadeza de heavenly, donde se notaba una interpretación mucho más desnuda y conectada con el folclore que habita en sus composiciones, pero también para el desorden perfectamente coreografiado de JOROPO, convertida en una auténtica celebración colectiva sobre el escenario. Dos contrapuntos de una misma artista capaz de moverse con total naturalidad entre la tradición y la experimentación.
El repertorio continuó avanzando entre algunos de los temas más celebrados de Bodhiria como INRI, Mangata o el precioso Zarcillos de plata, hasta desembocar en un tramo final donde Mi breve juventud, Tiempo pasa, Tú et moi, 2+1, Canijo, Besito y Piki mantuvieron intacta la conexión con un público que permaneció completamente entregado de principio a fin.
Hace apenas unos años la descubríamos como una de las voces emergentes de los nuevos sonidos urbanos, y a día de hoy resulta evidente que eso ya se le queda pequeño. En cada canción transitaban el flamenco, las músicas populares y una identidad propia difícil de etiquetar, y, sin renunciar a una producción contemporánea, que convierte su directo en una experiencia inmersiva.
En lo personal, resulta especialmente estimulante comprobar cómo algunos de los directos más sólidos, ambiciosos y celebrados del panorama actual están liderados por mujeres. Es una muestra del enorme talento femenino que existe en la música y de una escena que, poco a poco, parece avanzar hacia una representación más justa y diversa. Si esta noche en Pirineos Sur sirve de ejemplo, aún quedan muchos conciertos en los que seguir disfrutando de esas voces durante el verano y resto del año.

